Saber folclore es un deber moral para los argentinos y sin que nos demos cuenta nos lo imponen desde chicos en las escuelas, por eso fue que esa noche decidí sin demasiado entusiasmo ir a la peña. Bueno por eso y por ella, una correntina con la que había estudiado Historía Argentina, y la aprobamos los dos con 7. Me acuerdo que después de rendir le pregunte de ir a tomar una birra, para festejar pero me dijo que tenía que viajar a su pueblo esa misma tarde, así que el momento que esperaba nunca se dio.
Lo que más me gustaba era juntarme a estudiar en su casa y que me recibiera en calzas, y con una cara de vergüenza disfrazada de picardía, me diga siempre lo mismo -Perdona la facha, me acabo de levantar. Y se reía, para darme entender la noche que había tenido ayer. El peor momento del día era el mediodía, cuando después de una larga ausencia volvía, arreglada y me decía: -Vamos a comprar algo para almorzar? Me estoy muriendo de hambre. Y era verdad, porque muchas veces comía más que yo y cuando esto pasaba me volvía loco, porque al parecer en sus pagos que una mujer coma más que vos es de poco hombre.
Obvio que después de esas milanesas con fritas, como buena Correntina, me obligaba a dormir la siesta, obvio me tocaba dormir en el cuarto de la hermanita, ay ay lo mal que la pasaba. Mi imaginación jugaba como un chiquito recién curado de paperas en el primer día que lo dejan salir de la casa. Después de la siesta era el mejor momento, porque ella que todavía estaba un poco dormida y yo que casi no había dormido, aprovechaba que tenía la guardia baja. Y sin perder tiempo mostraba mis mejores golpes, que chiste a chiste entraban como piñas de campeón mundial de peso pesado, y ese era el único round que le podía ganar. El resto de los rounds los perdía por puntos, me era imposible poder quebrar su defensa tenía una habilidad para leer todos mis movimientos.
Así que se imaginan con la esperanza que fui a esa peña, por suerte parte de la banda me acompaño, el Pollo y el Cabe, el cantante y el bajista de Los Bipolares. Llegamos y ella no estaba, lo cual me puso un poco nervioso y preocupado, y solo me hacía la cabeza delirando con la idea de verla entrar con sus calzas y esa carita de recién levantada, sin pintar y sin peinar y me dijera con el mismo tono que usaba para explicarme los planes quinquenales de Perón, -Hola, porteñito. Ah si, por que me decía porteñito, y a mi volvía loco, tanto que tenía que tenía que pensar en mi abuela cagando para no pasar papelones. Y la muy turra lo sabía perfecto, por que cuando se aburría de estudiar y quería hacer un recreo me decía –Y entedes algo porteñito? y yo ahí me desconcentraba y desbarrancaba. Y arrancaba a tirarle chistes, que siempre terminaban con esa frase que eran como un segundo de felicidad eterna para mi. -Son graciosos los porteños.
De repente la gente se empezó a alborotar, porque al parecer tocaban los Rolling Stone del folclore local, Los Tabaleros. No saben el griterío que surgió de esa masa de paisanos que hasta el momento habían estado casi en silencio de misa mirando a los conjuntos musicales.
Nos llamo tanto la atención, tanto que nos saco de la modorra en la que estabamos.Y el cabe ya se había emocionado y tiraba sin parar –Son unos capos estos tipos! Y todavía no había tocado ni una nota. Yo me distraje revisando mi celular, y cuando levanté la cabeza, la vi a ella, que venía con una sonrisa a saludarme.
-Viniste, porteñito. Yo sabía que eras de los buenos, aunque comas poco. Y se rió. No me quedó opción de reírme y abrazarla, claramente el alcohol le había bajado las defensas y le di un abrazo más prolongado y cariñoso de lo habitual. Y en el oído, me dijo, tenes que oír a esta banda, es por ellos te dije que vengas acá, tienen unas letras dignas de los redondos con el ritmo de Los Chalcha, son un Flash.
Mientras me decía esto escuche una chacarera que gritaba Me hice adicto al Crack , Me hice adicto al Crack
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