miércoles, 9 de enero de 2013

¡Ascuchame pibe!


Ayer fui por primera vez a la Catedral. Y en eso de mirar a la gente bailar por qué como no sé bailar, vio. Me agarró una de esas milongueras que son como las de antes, de esas que alguna vez viste o leíste en algún libro de tango. Y ahí comenzó mi clase magistral del código no escrito de las milongas, que no cualquiera llega a conocer en profundidad. Porque el tango es uno de esos reductos donde todavía los pibes  tienen el deber de escuchar  a los mayores, y donde ser mayor no es más ni menos que saber más que cualquier purrete.  Y así fue como al susurro de ascuchame pibe comenzó el curso acelerado que me dictó la bicha.

- El tango no es un baile, para mi es mi vida ¡Así que más vale que lo respetes!- . Y empezó la perorata nomá. La piba era de Lugano que queda justo ahí donde Buenos Aires pega la curva, uno de esos barrios donde el barro te enseña a gambetear la vida. Así que ahí mismo empezó a firuletear la bicha y te juro que hacía parecer torpe al 10 más refinado. Al tango no se lo entiende, se lo baila y se lo siente corta la bocha, por eso estos gringos nunca lo van a aprender porque tienen atrofiado el lado izquierdo del pecho sabée. Me sentí bastante intimidado porque la verdad, estaba más cerca de los turistas que jugaban y se reían entre sí, que de los milongueros de pura ley. Es más, yo sentía que en cualquier momento alguno de los árbitros invisibles me iban a rajar por los codazos que estaba dando en el área chica de la pista. Pero se ve que la Bicha, como le dicen en el barrio, había apoyado su ala sobre mí, adoptándome como a su pichón, y se lo hacía sentir al resto con fiereza.

Y canción a canción, tango a tango la bicha me fue enseñando todo lo que tenía que saber para sobrevivirr en esa jungla de malandras. “Mirá pibe, la tanda la bailás entera con la mina con la que arrancaste a menos que ella se quiera ir. Si se va le decís gracias y no le insistís, está claro ¿no?” Me dijo mientras se prendía un Parisienne. No sé porque me acuerdo todo lo que me dijo y eso que nunca pude aprenderme ni uno de los versos del Martín Fierro que me pedían para la escuela. Será que al no estar escrito, uno tiene miedo a perderlo, o será que en el fondo el tango está adentro de todo porteño y a uno solo se le despierta para no dormírsele jamás. Así fue como la viví yo, lástima que la Bicha no era de Lugano si no de Villurca y no era una atorrante de barrio si no una reconocida psicóloga que fumaba Virginia Slims, para no tener mal aliento,

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